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Mini romance: En la feria

14 July 2009 2,760 views

La habí­a conocido cuando llegó la feria al pueblo. Hubiera sido imposible no fijarse en ella. El vestido naranja que llevaba puesto marcaba las lí­neas de un cuerpo modelo y combinaba perfecto con la cálida noche de verano. Su piel dorada indicaba que habí­a pasado el dí­a en la playa que quedaba a unos pocos metros del lugar. Su cabello oscuro y alborotadamente ondulado caí­a como una cascada hasta su cintura. Las sandalias de cuero y la mochila multicolor que llevaba le daban un aire bohemio como si fuera poeta, pintora, músico o escritora. Quizás eso era lo que más le habí­a llamado la atención; esa apariencia natural y gitana muy parecida a la de él. Por supuesto Sylvio habí­a visto muchas mujeres hermosas y elegantes en el puerto donde trabajaba como empleado de mantenimiento, pero ninguna como ésta. No era sólamente su belleza, era algo más. Era como si ya la conociera, como que algo le decí­a que habí­a encontrado a su alma gemela. Talvez amor a primera vista. A pesar de que muchas mujeres en el puerto habí­an tratado de enredarse con él, Sylvio las habí­a evadido. No porque fuera poco hombre. Al contrario, su masculinidad se le salí­a por todos los poros y era lo que atraí­a a las mujeres; era porque él creí­a en el amor verdadero y lo estaba esperando. Esa noche de abril lo habí­a encontrado.

Estaba ella jugando tiro al blanco para ganarse un animalito de peluche. Y él arrecostado a un poste mirándola como idiotizado. A pesar de que no ganaba nada, la jóven, que más bien parecí­a un ángel, no perdí­a el sentido del humor y en lugar de enojarse se reí­a libremente con su amiga cada vez que fallaba. Fué en una de esas veces que se les cruzaron las miradas. Fueron unos segundos que parecieron horas y le dieron el valor a Sylvio para acercársele.

-Permí­teme,- fué todo lo que le dijo al tiempo que le quitaba la pelota de las manos. Y con un cálculo que solo habí­a podido lograr por la emoción que le habí­a causado tocar sus manos, metió la pelota en el recipiente indicado para premio mayor. Ella y su amiga se habí­an puesto a brincar de la alegrí­a y después de recibir el gigantesco peluche, habí­an empezado una amistad.

Su nombre era Alexa, tení­a 19 años y habí­a venido con una amiga y sus padres a vacacionar un mes a la playa. Después de esa noche Alexa y Sylvio ya no se habí­an separado más. Todas las noches después de que Sylvio salí­a del trabajo se iban a dar largas caminatas a la playa. Hablaban de sus sueños para el futuro, sus ambiciones, sus ideales y por supuesto de sus sentimientos. Los dos se habí­an enamorado profundamente y no querí­an pensar en la hora que tendrí­an que separarse…La cual llegó muy pronto.

-Mañana me voy- dijo Alexa fingiendo indiferencia, pero se le veí­a que sufrí­a.

-Te volveré a ver?- preguntó Sylvio casi sabiendo la respuesta.

-Sylvio….Hay algo que debo de confesarte- dijo ella con la mirada baja. Sylvio sintió que las piernas le fallaron y el corazón le empezó a latir rápidamente.

Confesiones. Nunca eran nada bueno. -¿Dime?- trató decir valientemente pero el dolor y la desilución inundaban las palabras.

-Y-yo…e-estoy…comprometida para casarme.-

Ese habí­a sido el final de la relación. A la primera mujer que le habí­a entregado su amor, le habí­a quebrado el corazón frí­amente. Ahora tres meses después de ese desengaño lo veí­a todo muy claro: nunca lo habí­a amado. Era igual a las mujeres riquillas del puerto que lo buscaban como una simple aventura. Y lo que le dolí­a a su orgullo de hombre era no haberse dado cuenta del engaño. Por varios dí­as habí­a esperado una llamada telefónica, una carta, cualquier cosa diciéndole que lo amaba de verdad, que no lo podí­a olvidar. Pero no. Tal parecí­a que él era el único que se habí­a quedado con el corazón destrozado. Por eso una noche, después de no saber cuánto habí­a llorado, decidió olvidarla. Se acabó el tonto. Todo este tiempo he sido un tonto pero se acabó, pensó. Ahora he cambiado de pensar y ya no seré el tonto de nadie, nunca más.

Sylvio continuó con su vida como de costumbre. Cada vez que se acordaba de Alexa, se acordaba de su promesa. Hasta habí­a empezado a salir con otras muchachas. Un dí­a cualquiera que tuvo que llevar una carga al puerto, se detuvo a ver un barco. Sylvio estaba estudiando para diseñar buques y éste s ele habí­a hecho muy interesante. Ocupado en ésto estaba cuando escuchó una voz familiar que llamó su nombre. Sylvio sintió que el corazón le dió un vuelco. Aún antes de volverse sabí­a que se trataba de Alexa. -Pensé que ya estarí­as casada para este entonces,- dijo él altiempo que se volví­a para mirarla. -¿Cómo podrí­a casarme con un hombre amando como amo a otro?- contestó Alexa que no podí­a ocultar las ganas de abrazarlo con todas sus fuerzas. Sylvio pensó preguntarle quién era ese hombre pero el amor en los ojos de Alexa gritaban que obviamente era él. No fueron necesarias más explicaciones. Alexa habí­a regresado y eso era suficiente prueba de que lo amaba…

Autor: Andreí­na Mendez
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