Mini romances
El naufragio
Era una tarde en altamar como cualquier otra. El sol estaba despejado y el sol apunto de meterse. En medio de las pacíficas aguas del Atlántico navegaba imponente el barco pirata del temible Capitán Morgan. Aunque el Capitán tenía fama de ogro en todos los puertos cercanos, no era un hombre malo.
En realidad Frederick Morgan había sufrido mucho y por eso estaba amargado. Se había criado en un faro donde su padre era el guardador. Cuando su padre murió, Morgan se hizo cargo del faro. Por mucho años desempeñó su labor con valentía y esfuerzo al lado de su esposa Rebeca y su hija , Jade. Sin embargo, una noche una terrible tormenta se había desatado destruyendo el faro y de paso todas las ilusiones de Frederick Morgan. Esa noche fatal el mar no sólo le había robado su faro sino también a su amadísima esposa. Lo único que le había quedado era su hija Jade de tan sólo 8 años de edad. Frederick Morgan le había pedido a la corona inglesa que reparara el faro, pero el rey no había querido. Simplemente le había dado una compensación económica y lo había despedido. Morgan se había enfurecido y con el dinero que le había dado el rey había comprado su barco y había contratado varios hombres. Desde ese entonces se dedicaban a terrorizar los mares.
Doce años habían transcurrido ya y, a parte de algunas tormentas y algunos asaltos, la vida en el barco pirata era muy rutinaria.
-Jade, sirve ya la cena- dijo secamente el capitán Morgan a su hija. Jade se había convertido en una hermosa doncella. La vida pirata no había logrado destruír su dulzura y amor por la naturaleza, como tampoco sus sueños de encontrar algún día a su príncipe azul. Todas las tardes salía a la cubierta del barco para ver el atardecer y sentir la cálida brisa jugar con su largo cabello.
-JADE!!!! Te estoy hablando!!!- dijo el Capitán impaciente.
-Sí papá, lo siento, ya voy- contestó Jade entrando rápidamente a la cabina. Pero antes de que pudiera servir la comida, escuchó al marinero que estaba de guardia gritando:
-NAUFRAGO A LA VISTA!!!-
Jade sabía que la presencia de un náufrago cambiaba todos los planes. Todos los marineros deberían dirigir el barco hacia donde se encontraba el desafortunado para asaltarlo y despojarlo de lo que le quedara. Si no tenía nada, lo tomaban prisionero y lo hacían trabajar hasta que se ganara su libertad. Jade dejó la comida a fuego lento pues sabía que su padre se enojaba si se enfriaba y se asomó por la ventanilla de la cabina.
Dos horas después los piratas subían al barco al jóven náufrago. Por lo que Jade podía ver y escuchar desde la cabina, el jóven no era un cualquiera. Además de ser muy bien parecido, se veía muy educado y cortés.
-Escúchenme,- empezó el jóven - yo pertenezco a la nobleza española. No les conviene matarme. Si me llevan a España mi padre les dará mucho dinero.-
Los piratas se empezaron a burlar como lo hacían con todas sus víctimas.
-No te preocupes, no te vamos a matar. Solo te vamos a poner a hacer unos cuantos quehaceres.-
El capitán Morgan ordenó que lo amarraran y lo llevaran al sótano. Todo volvió a la normalidad y Jade sirvió la cena. Cuando terminaron de comer el capitán Morgan se dirigió a Jade y le dijo:
-Tenemos un prisionero. Te vas a hacer cargo de él como siempre. Le llevas la comida y lo atiendes pero sin dirigirle una sola palabra. ¿Entendido?-
-Sí, papá- contestó Jade.
Siempre era lo mismo. Cuando tenían un prisionero Jade tenía que ocuparse de él pero sin establecer ningún tipo de amistad. En realidad a Jade no le importaba, estaba acostumbrada a estar sola y sin nadie con quien hablar. Jade preparó un plato con comida y bajó a dárselo al nuevo "visitante."
-Te traje algo de comer- dijo Jade. Al oír una voz amable y femenina, el prisionero levantó su mirada. Aunque estaba oscuro la leve luz de la linterna que traía Jade, le permitía ver que la que le ofrecía la cena era una hermosa jóven.
-Gracias por la comida. Pero ¿quién eres? ¿Qué haces en este lugar tan horrible?- preguntó el prisionero. Pero Jade no le contestó. Entonces él dijo:
-Discúlpame, mi nombre es Sergio Alessandro. ¿Cómo te llamas tú?-
Jade se había quedado inmóvil, como hipnotizada por Sergio; por su intensa mirada y la suave vibración de su voz. En toda su vida no había conocido un jóven tan caballeroso. Los piratas del barco, aunque la respetaban por ser hija del capitán, eran vulgares y mal educados. De pronto la llamada de su padre rompió el encanto.
- JADE!!!!-
Jade subió corriendo.
-Sí papá?- dijo asustada.
-No creo que para dejar un plato de comida te tardes tanto-
-Lo siento papá.-
Pasaron los días. Jade había empezado a hablar con Sergio cuando su papá no se daba cuenta. Se habían enamorado. Tanto que a Sergio ya no le interesaba llegar a España. Pero había ofrecido una recompensa y los piratas no estaban dispuestos a renegociar.
Por fin llegaron a España.
-Jade, no me olvides. Volveré por tí, te lo prometo-
-Te esperaré toda mi vida- contestó Jade mirando a todos lados para asegurarse que su padre no la estaba observando.
Sergio regresó a su patria y tal como lo prometió le dió a los piratas una buena recompensa. El padre de Sergio estaba tan agradecido que le dijo al capitán que le pidiera lo que quisiera. Morgan sólo deseaba una cosa en la vida; la reparación de su faro. Y efectivamente, el faro fué reparado.
Frederick Morgan abandonó su vida de pirata y se fué a vivir al faro con su hija. Pasaron seis meses y Jade estaba empezando a pensar que Sergio nunca regresaría. Todos los días subía a la parte superior del faro para ver si venía algún barco. Una noche su padre la despertó.
-Jade! Jade! Ven acá!-
Los dos subieron las escaleras corriendo hasta la azotea del faro. Y Morgan dijo:
-Mira, el barco español que tanto esperabas viene en camino-
Jade se sorprendió.
-Papá?!-
El viejo sonrió por primera vez en muchos años.
-¿Crees que me puedes engañar hija? Se que mas a ese muchacho desde que íbamos para España. Véte con él y sé muy feliz-
Jade no pudo contener las lágrimas de felicidad. Abrazó a su papá, le prometió visitarlo muy seguido y bajó las escaleras rápidamente. Cuando salió a la playa Sergio estaba desembarcando pero al ver a Jade lo dejó todo y corrió a abrazarla. Y con la luna y el faro de testigos, le dió el primero de muchos besos.
Autora: Andreína Mendez
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